Hace ya algunos años, no lo recuerdo con exactitud, pero debería tener alrededor de 8 o 9 años de edad, mi mamá me llevaba al Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional para recibir el habitual tratamiento médico que, desde los 6 años necesitaba por un problema en mi aparato digestivo con el que nací.

Era un tratamiento muy molesto y doloroso pero indispensable. Cada ocasión era llegar a la consulta en la planta baja y, cuando nos lo indicaban, subir en elevador al octavo piso del hospital donde se ubicaba el quirófano en el que los médicos y enfermeras me practicarían el tratamiento.

Recuerdo que ellos amablemente me recibían en el quirófano impecablemente limpio, ya vestidos con sus clásicos uniformes de cirujanos: gorra, tapabocas, bata azul -de las que se amarran desde la parte de atrás por la espalda-, botas de tela que cubrían su calzado, guantes de latex… en fin, creo que te imaginas la escena…

Luego me indicaban que me recostara en la fría “plancha” tal como si me fueran realizar una operación, pero era sólo para recibir el tratamiento, el cual, sin entrar en detalles, duraba alrededor de 15 minutos que, para mi eran una eternidad de puro suplicio, porque yo debía permanecer despierto… sin anestesia ni tranquilizantes de por medio… Incluso, aun ahora no sé como pero con sábanas me sujetaban de manos y pies para evitar que me fuera a levantar o intentar detener el procedimiento, dejando sólo el torso desnudo…

Imagínate que el tratamiento era tan molesto que faltando días para la cita, sólo de saber que ya se acercaba la fecha para para acudir al hospital me enfermaba, me daba diarrea, tenía pesadillas.

Recuerdo claramente que siempre desde el día anterior, y durante los momentos previos a entrar al quirófano, era un manojo de nervios… me enfocaba en todo lo que sucedería durante el tratamiento. En mi mente veía, sentía, respiraba lo que hacían los médicos, el dolor que me provocaba cada paso del procedimiento… las nauseas que sentía… la impotencia que experimentaba… Y eso sólo provocaba que la experiencia, ya desagradable de por sí, me provocara un mayor dolor.

Pero… ¿que consejo le darías a un niño de 8 o 9 años que pasaba por una situación como la mía?

Nadie, ni los médicos, ni nadie a mi alrededor, sabía con claridad qué decirme o qué aconsejarme para que el momento del tratamiento fuera menos traumático. Mis padres hacían lo que estaba a su alcance y me consolaban… Ahora que soy padre de familia, tiene sentido para mi una frase que escuché hace algunos años que dice:

“Uno no se vuelve un verdadero hijo hasta que se vuelve padre…”

Por supuesto que sabía que el tratamiento era necesario para mí porque, literalmente, de ello dependía mi vida. A pesar de ser un niño, era consciente de ello. Pero, aun siendo tan pequeño, me preguntaba… ¿en verdad es necesario pasar por tanto dolor? ¿No habrá una mejor manera para resolver mi problema de salud? ¿Hay algo que YO pudiera hacer para corregir mi situación? Y bueno… al menos en ese momento, yo no podía hacer algo al respecto… al menos no de forma física…

Sin embargo, un día, no sé cómo ni por qué, tuve un momento de iluminación. Un momento que, cuando sucedió, me dio un descanso interno que nunca, nunca, incluso ahora de adulto con más de 50 años de edad, imaginé poder sentir o experimentar.

Sucede que una mañana mi mamá y yo íbamos en taxi rumbo al hospital a mi tratamiento, el cual al principio era dos veces por semana, después sólo una vez por semana, luego cada quince días, luego cada mes…

Íbamos sentados en el asiento trasero. Y cuando estábamos llegando al hospital recuerdo que yo tenía recargada mi cabeza en la ventana de la puerta del taxi… viendo pasar los autos, las personas caminando rumbo a sus trabajos, otros autos a nuestro alrededor… cuando frente a mi, apareció imponente el edificio del hospital de más de 10 pisos de alto… en ese momento mi corazón empezó a latir cada vez con más y más fuerza… hasta sentía que se me iba a salir del pecho… comencé a sudar frío… mis manos estaban sudorosas y yo todo tembloroso… nervioso y… de repente sin avisar, algo sucedió… como que todo a mi alrededor se ralentizó… dejé de escuchar todo lo que acontecía a mi alrededor…

Justo en ese instante de tanta ansiedad que estaba experimentando, mi mente entró en un estado que ahora se que se llama estado alterado de conciencia… una sensación que me es difícil de explicar… donde todos mis sentidos parecían flotar…

Ahora mismo mientras escribo estás líneas, pienso en Albert Einstein y su teoría de la relatividad…

Nada es absoluto… todo es relativo…

Y mientras veía la fachada del hospital, en mi mente las imágenes del tratamiento que siempre aparecían ahí atormentándome se detuvieron… es como si las hubiera puesto en pausa… luego en mi mente, esas imágenes perturbadoras se hacían a un lado, como si se esfumaran, y en su lugar aparecían otras muy diferentes… con más luz… con unas sensaciones diferentes… agradables… tranquilizadoras… mi respiración, en lugar de estar agitada se volvió pausada y profunda… mi cuerpo se relajó… ya no había tensión… sólo quietud…

Mi mamá, que se encontraba sentada a mi lado, no se dio cuenta de nada… al menos en ese momento.

En la pantalla de mi mente, sin saber cómo, de repente me visualicé en los momentos posteriores a cuando ya había terminado el tratamiento de ese día, sintiéndome aliviado… descansado… sin el peso que sentía sobre mis espaldas… sin dolor… con una indescriptible sensación de tranquilidad… de paz…

Y por alguna extraña razón… aunque estaba por entrar al quirófano a punto de recibir el tratamiento de ese día, no tuve miedo… no tuve ansiedad… sólo paz… sabía que todo iba a estar bien…

Y así fue… en lugar de ser un problema de salud, se convirtió en un proyecto de salud…

Gran diferencia…
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Desconozco los detalles de tu vida… pero puedo asegurarte que, aunque quizá no de la misma forma a como yo lo he experimentado, tú has pasado o estás pasando, por situaciones que te han generado o te están causando una gran cantidad de tensión, de tristezas, de decepción, desilusión, dolor, estrés…

Y lo que puedo decirte es que… nada es para siempre…

Todo cambia… nada permanece estático… y te des cuenta o no, y lo quieras o no, todo evoluciona hacia algo mejor…

Me queda claro, y sabes que tengo razón, que detrás de cada obstáculo, de cada desgracia, sin importar su tamaño, SIEMPRE viene oculta una bendición que está por mostrarse…

No te enfoques en el problema… Mejor… visualízalo ya resuelto…

¿Tiene sentido para ti?


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